SADHUS

Hablar de Shadus supone descender a las profundidades de la India más mística, misteriosa y entrañable. La India de los ascetas que a través del autoconocimiento y la renuncia a lo material buscan alcanzar una realidad más elevada, el Nirvana.

Impresiona cruzarte con ellos, ataviados de forma estrafalaria, tratando de emular la estética del Dios al que se consagran, unos con sus faldones naranjas o azafrán, otros  desnudos cubiertos por la ceniza sagrada vibhuti  como es el caso de los Naga Sadhus., seguidores de Vishnu o, como la mayoría, de Shiva, del que tradicionalmente han sido considerados sus guerreros, son los que mantienen viva la llama de las creencias y ritos más ancestrales. Su origen se pierde en el albor de los tiempos.

Siglos y siglos de meditación, de búsqueda interior, de escudriñar la propia alma, no han hecho sino que acrecentarla, provocando que se haya ido pegando cada vez más cerca de la piel. Nunca he visto gente con el alma tan cerca de la piel como estos sadhus, en alguno de ellos incluso rebosa.

Fotografiar a un sadhu es hacer aflorar su alma, provocar el desvanecimiento de esa fina capa de piel que la recubre y dejar al desnudo esa expresión en los gestos y en la mirada que delata la felicidad espiritual como fruto de la meditación, del conocimiento de uno mismo, de la renuncia a lo material, de la paz interior. 

Detener en un instante el momento mágico en el que se produce la empatía entre dos almas que se cruzan y como una de ellas te regala en un segundo toda su sabiduría.






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